Aquella pared que separa el frío de tu calor, el aire de la desesperación; tu amor hacia a aquellos seres inofensivos, dejados al azar de la vida; esa bola de pelos que recogí cuando iba en 4to básico vigilado por su mortal enemigo, aquel que trajiste tan sólo un par de años después.
Una batalla de las enredaderas que querían asemejarse a tu pelo castaño, contra ese muro que celaban semejante hermosura; aquella flor a la que le quitabas los pétalos preguntandote si él te quería, aunque sabías la respuesta, hoy no es más que una demostración lo fugaz que es la vida, lo frágiles que somos, lo prescindible de nuestra existencia para este mundo tan dinámico, recuerdos de aquel domingo en la tarde, donde el papá cocinaba ese arroz que le quedaba tan rico, tu favorito.
Al final, todo se reduce a ti y a tu némesis, y a como tus demonios que te persigieron día tras días fueron arrastrandote lentamente hasta lo que sabías, sería tu tumba.

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